Los 10.000 del Soplao 2017, Titán Villuercas y Morcuera (mayo de 2017)

Ficha de la prueba

  • Fecha: 20 de mayo de 2017
  • El Soplao: Cabezón de la Sal (Cantabria): unos 165 km y 4.800 m de desnivel
  • Titán Villuercas: Logrosán (Cáceres): 115 km y casi 3.200 m de desnivel
  • Además: ruta por el puerto de la Morcuera

El Negreo tiene muchas cuentas pendientes: crónica de Los 10.000 del Soplao

Allá vamos, Campurrianos, sentenciando con una frase que no es mía para contar lo que fue un fin de semana increíble en Cabezón de la Sal.

El fin de semana empezó hace mucho, probablemente hace justo un año, en el preciso instante en que cruzamos la meta del Soplao 2016 y nos comprometimos a repetir la experiencia.

El que escribe ha comprendido mejor que nunca, por razones obvias, que El Soplao es mucho más que la epopeya de superar 165 kilómetros y 4.800 metros de desnivel por el infierno cántabro, un reto hecho a la medida de muy pocos. Todo lo que envuelve a la prueba, la gente de la zona, una organización excelente y la humanidad de cerca de 10.000 participantes y sus familias, hace que la carrera sea solo una parte de lo que ocurre en Cabezón de la Sal a finales de mayo desde hace 11 años.

Quien no haya estado allí nunca podrá entender lo que escribo, ni sentir el calor humano que fluye por todos los rincones de la prueba y de Cantabria, ni percibir cómo una prueba que empezó siendo de MTB se ha convertido en parte del folclore y de la cultura popular cántabra, expresando con belleza y originalidad lo pequeño que es el ser humano frente a la naturaleza.

Con toda naturalidad, la expedición campurriana puso rumbo a la tierra de su gentilicio (de Campoo son los campurrianos, los de las galletas): unos con la familia, otros con la bici desmontada, otros en furgoneta con la música a tope y otros con contratiempos de última hora en el coche.

El fin de semana estuvo lleno de contratiempos: un clavo en la rueda del coche retrasó tanto a Jaime que no pudo llegar a la cena que la familia campurriana había montado en uno de los restaurantes junto a la meta. Desde el comedor de la primera planta, en plena cena, saltamos de la mesa hacia las ventanas para ver el espectáculo de «La danza de Ibio», un baile tradicional cántabro de origen guerrero que, con su ritmo y su puesta en escena, te hipnotiza y te mete en un ambiente bélico y apasionante a partes iguales. Mirad este vídeo, quedaos con la melodía e imaginad cómo se te pone la piel de gallina cuando los guerreros cántabros te reciben con su mejor traje de gala, su historia y su cultura, saludando con honor a todos los valientes que aceptan el reto de esta tierra. Me recordó al saludo de las artes marciales, en el que dos contrincantes bajan la cabeza en señal de respeto antes del combate. Puro arte en Cabezón de la Sal, con nosotros asomados a las ventanas y el tiempo detenido, momento que aprovechó la organización para dar la salida a los participantes de la Ultraman. Un espectáculo lleno de magia, la misma que se veía en los ojos de Fran, que confirmaban que la primera vez en El Soplao las emociones se desbordan y que, por mucho que te pidan calma, todo te supera. Impresionante.

Así nos despedimos esa noche, con el veneno corriendo por las venas, a descansar todo lo posible para la dura jornada del sábado.

Y vaya mañana. Tras una noche llena de nervios, dudas, promesas, suspiros y alguna que otra lamentación, llegamos a Cabezón de la Sal con el cielo completamente cubierto y alguna gota, sumergidos en un mar de dudas, con la misma cara de miedo que los 4.800 ciclistas que tomarían la salida.

Más que miedo, estábamos acojonados: empezó a llover con ganas diez minutos antes de la salida, justo cuando ya no puedes volver al coche a cambiarte, como si los dioses cántabros nos recibieran con su primer golpe, un directo en forma de mal tiempo que parecía que iba a durar las 14 horas de media que tardarían en terminar los ciclistas.

Pero inmensa fue la alegría que nos fuimos llevando, porque la lluvia no volvió: hubo nubes y claros, algo de frío, pero también calor.

Aunque no dejábamos de mirar al cielo, no perdíamos la atención en el suelo. Al principio, si sales tarde, cuesta encontrar ciclistas de tu nivel, y hay que rodar muy pendiente de los demás para esquivarlos y avanzar hacia zonas menos congestionadas donde disfrutar del ciclismo y del entorno.

Así rodamos «el Monje», «Terminator» y un servidor: toda la prueba adelantando ciclistas en las subidas y aprovechando las bajadas para dejar atrás pelotones enormes de gente que disfrutaba del recorrido con algo menos de brío, pero con la misma pasión y buen humor. También nos preguntábamos dónde estarían Fran y su amigo y si llegaríamos a alcanzarlos, y si Jorge y su Yeti estarían a la altura de su apuesta.

Lo que nadie habría apostado es que nos acompañaría un monje disfrazado de Iván. Mi querido e inseparable amigo se empeñó en no quitarse la chaqueta campurriana (todo un romántico) y, cuando apretó el calor, iba cabizbajo mirando el manillar, sin hablar, sin reírse, sin cantar, lejos de su estado de plenitud habitual. Menos mal que le sobra fuerza y, gracias a su gran forma, completó sin pestañear los primeros 90 kilómetros. Todo un monje de clausura, en recogimiento y oración, pidiendo por todos nosotros. Imaginad las risas de Jaime y mías. Y para ponerle más guasa, mi querido Terminator llevaba todo el rato el móvil con temazos dance a todo volumen; íbamos cantando y riéndonos del silencio espiritual que Iván se había autoimpuesto.

Pero en El Soplao todo es temporal: en tantas horas sobre la bici da tiempo a muchos altibajos y cambios de moral. Parece que las bajadas vertiginosas de mis dos amigos terminaron de despertar al monje, que se transformó en el guerrero ninja de siempre, hasta el punto de tener que esperar unos minutos a Jaime (que iba con su Trek de enduro, un animal) tras subir el Negreo. Pura dinamita de pareja.

Así, con el espíritu renovado y el tridente intacto en lo físico y en lo moral, dejamos atrás los primeros 2.000 metros de desnivel tras las duras rampas del Monte Aa y el «technomusic» de El Moral.

Hubo mucho «technomusic» subiendo y bajando, pero, increíblemente, también en los avituallamientos, donde, recordando uno de los mejores momentos del Tiétar, nos pusimos a bailar un buen rato mientras dábamos buena cuenta de los bocadillos de jamón y mixtos que nos ofrecían con mucho cariño las voluntarias.

Y de los voluntarios tengo que hablar. Es habitual encontrar en las marchas gente amable y servicial, pero no lo es encontrar familias enteras apoyando a los participantes más de 18 horas seguidas. Para muestra, un botón: cuando me tocó abandonar estuve dos horas esperando en un avituallamiento a que me llevaran a Cabezón de la Sal, y allí conocí a Mar, que se quedó con mi bici hasta que pasara el coche escoba. Lleva 11 años preparando El Soplao, y no sola: los cuatro de su familia trabajan para la prueba desde su inicio. Cuando le reconocí el esfuerzo, me corrigió: el esfuerzo es de 365 días al año; en Cabezón de la Sal, mucha gente está en contacto todo el año, reuniéndose y puliendo cada detalle. Me puso un ejemplo: en ese avituallamiento dan pan con crema de cacao, y el año anterior no tenían cuchillos de metal para untarla bien, así que lo apuntaron entre las mil cosas por mejorar. Una persona estupenda, que me tranquilizó para dejarle la bici y hasta me ofreció la ayuda de su familia por si tardaban en bajarme. Inolvidable. Cuánta falta hace que te arropen cuando estás roto: ellos lo saben, comparten tus alegrías, te ayudan a seguir y, cuando no puedes, te hacen sentir como en casa. Muchas gracias, de corazón.

Y el corazón iba a tope. Antes de abandonar subimos la principal rampa del día, hacia Bárcena Mayor, la que decide, cuando la coronas, si vas a poder terminar El Soplao y en qué condiciones. A pesar de la dureza y de sufrir mucho en la interminable subida, no paramos de adelantar ciclistas: nos encontrábamos fenomenal. Son 1.000 metros de desnivel en más de una hora de subida. Muy exigente, abrumadora, puñetera, porque crees que has acabado al coronar una loma y aún queda casi la mitad… Inolvidable.

Arriba me esperaban mis dos imponentes amigos, que me dieron dos minutos para llenar el bidón y empezar el rapidísimo descenso, que para mí fue la última parte divertida del día. Muy divertida, diría yo: si los datos del Garmin son correctos, mi velocidad punta superó los 84 km/h. Y lo increíble es que a mitad de bajada volví a perder a mis compañeros, porque iban más rápido que yo.

Así, con la adrenalina disparada y con algún ciclista asustado por nuestra velocidad (MIL DISCULPAS), mi bici quiso decir ADIÓS: rotura de trinquetes. Aun así, caminamos 5 kilómetros con la esperanza de encontrar asistencia técnica en el siguiente avituallamiento. Otros años la hubo; esta vez no hubo suerte, aunque tampoco habrían podido hacer nada.

Quienes sí querían hacer algo por mí eran mis dos amigos. Jaime preguntaba sin parar si alguien tenía una cuerda, porque el animal quería atarla a su bici y remolcarme 62 kilómetros; uno de Protección Civil casi se la da (¡ja, ja, ja!). E Iván me decía que, si yo abandonaba, ellos también. Muchas gracias, amigos. Tardé medio minuto en convencerles de que mi fiesta había terminado, pero que ellos debían seguir para conquistar de nuevo el cielo de Cantabria.

Y allí estaba yo, con el sabor del abandono en la garganta y el cabreo de saber que, si todo hubiera ido normal, la experiencia habría sido mucho mejor que la del año anterior, pero con la tranquilidad que da la madurez para entender que hay muchos factores que no podemos controlar.

Y entonces empezó otro Soplao para mí. Imaginad: ¿qué hago de dos a cuatro horas hasta que puedan bajarme? ¿Y la bici, la dejo aquí? Mientras, seguían pasando muchísimos ciclistas, de 50 en 50, con todos los voluntarios, Protección Civil y sanitarios trabajando sin parar.

Aquí tengo que subrayar otro de los motivos por los que hay que ir a El Soplao: la humanidad. De verdad, no lo he visto en ningún otro sitio. La gente se transforma y ofrece su mejor versión. Por ejemplo, Juanjo, de Protección Civil, que con el walkie en la mano y todo el trabajo que tenía, ayudaba a todo el que se paraba a preguntarle algo y de vez en cuando venía a mi lado (yo parecía una estatua esperando) para animarme: «Campeón, seguro que esta mañana en la salida estabas asustado con el tiempo; si llega a llover, no habrías hecho ni 50 kilómetros, así que date con un canto en los dientes, que te has hecho 100 kilómetros con un tiempo estupendo». Muchas gracias por todo. Él mismo me consiguió el vehículo de bajada, que resultó ser una ambulancia. Yo iba protestando conmigo mismo, y al abrir la puerta para contarle mis penas a quien estuviera dentro, me la encontré llena de ciclistas que se habían caído. Se me quitaron las tonterías rápido. Allí dentro pasaron muchas cosas. Uno de ellos me contó que era su tercer Soplao y que en el mismo sitio de su caída había otro corredor, al que no conocía, que había roto la potencia pero estaba bien y muy triste porque era su primer Soplao y no iba a poder terminar. Sin conocerle de nada, le ofreció su bici, que valía más de 4.000 euros, para que terminara. El desconocido aceptó, le dejó su DNI y su teléfono y se hicieron una foto con la bici. A las 22:00 me volví a encontrar con el que había prestado la bici: el otro terminó El Soplao y se la devolvió en el acto. Esto solo puede pasar en El Soplao.

El conductor de la ambulancia nos contó que lleva 11 años en El Soplao y que se lleva la comida de casa para todo el día para no coger nada del avituallamiento (por supuesto, nos la ofreció). Según él, hay cuatro perfiles de participantes: los profesionales que van a competir, los que están en buena forma y van a disfrutar, los que entrenando un día a la semana intentan un reto que no está a su alcance y los ingenuos que se apuntan sin saber dónde se meten. Nos dijo que cada año muchos lo pasan muy mal por meterse en algo que no entendían, y que a él, que monta en bici de vez en cuando, jamás se le ha ocurrido ni empezar la prueba. Algo sabrá. También nos recordó que en El Soplao hay tres reconocimientos, oro, plata y bronce, y aun así la gente intenta lo imposible por terminar. Impagable la labor de todos estos profesionales, que velan sin descanso por la seguridad de los participantes.

Este Soplao dio para mucho y para todos. Mil experiencias más que recordar: un ciclista disfrazado de cerveza, como las mascotas de los descansos de la NBA, animando a todo el mundo con una musiquilla; la familia de las gominolas; un ciclista que me gritó a 15 metros que se me había caído el Garmin… GRACIAS. Son tantas que podría pasarme otra hora escribiendo sobre lo que se vive en Cabezón de la Sal.

Desde aquí quiero felicitar a todos los Campurrianos que terminaron. Sois grandes: esto es como ganar la Champions, ya podéis decir que tenéis esta experiencia o que la habéis repetido. Para nadie ha sido fácil. Algunos tuvieron que montar la bici justo antes de la salida, otros tuvieron serios problemas con las cubiertas y necesitaron más de cuatro bombonas para sellar varios pinchazos, otros pasaron las de Caín con las pinzas de freno, y todos pagaron el duro peaje del esfuerzo necesario para conquistar Los 10.000 del Soplao. Tampoco me olvido de amigos como Rubén Maíllo, que volvió a completar este reto. Felicidades, me alegro por todos de corazón.

Y como el corazón late con fuerza tras este fin de semana con amigos y familia en Cabezón de la Sal, Comillas, San Vicente de la Barquera o donde cada uno decidiera compartirlo, quiero dar las gracias primero a mi familia, por apoyarme en todo lo que hago, gane o aprenda, vaya más rápido o más tranquilo. Gracias también a todos los Campurrianos por vuestro apoyo en las buenas y en las malas; vuestro ánimo siempre nos acompaña. Gracias a los que nos enseñasteis este paraíso y este año no habéis podido venir. Y en general, a todos vosotros, compañeros con los que comparto este deporte y de los que aprendo. Sin vuestra compañía y vuestros consejos, nada de esto habría sido posible. Gracias.

Y con una gran experiencia más y otra muesca en el revólver, me despido parafraseando al conductor de la ambulancia, que me explicó que cada año, sean los profesionales que revientan al final, los preparados que no van como querían o, sobre todo, los que no consiguen terminar por lo que sea, son cientos los que se quedan, como yo, al pie de la última gran batalla del día: el Negreo, el monte que tiene muchas cuentas pendientes.

Los 10.000 del Soplao y Titán Villuercas: foto 1 de 14
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Otros Campurrianos se fueron a la Morcuera.

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Y nuestro Nacho se lanzó a hacer la Titán Villuercas.

Hay tantas pruebas y marchas en este país que puedes elegir la que quieras, y esta vez me costó decidirme porque coincidía con El Soplao, pero aposté por algo inédito y desconocido para mí: la Titán Villuercas.

Jesús del Nero, uno de los mejores bikers del país, la había calificado en Twitter como «grande entre las grandes».

Si analizamos las dos palabras: titán, persona de fuerza excepcional;

Villuercas, comarca entre los ríos Tajo y Guadiana, de orografía montañosa (doy fe), cuya cumbre es el pico Villuercas, de unos 1.600 m, en la provincia de Cáceres, con Logrosán como capital.

Era de suponer que haría falta mucha fuerza para superar esa orografía.

Allí nos presentamos unos 1.600 aspirantes a titanes, dispuestos a superar 115 km y casi 3.200 m de desnivel positivo. Salimos juntos como un gran ejército y volvimos como pudimos, cada uno con su desgaste y la mochila cargada de anécdotas, recuerdos y aventuras. En realidad, estas marchas se resumen en eso: ¡aventuras!

Como era nueva para mí, la afronté con mucha precaución, dosificando esfuerzos para evitar sorpresas, aunque en estas marchas siempre te exprimes un poco más de lo que deberías.

Os hablo de algunos tramos que recuerdo. Tras la subida a Los Lunares, primera bajada técnica por trialera hasta Berzocana; otra subida hasta Navezuelas, y se sigue subiendo hacia el Onceno por un tramo muy duro y complicado donde no queda más remedio que empujar la bici un buen rato. Se encadenan subidas que exigen fuerza y bajadas que exigen concentración y decisión, con tramos muy divertidos y otros más que peligrosos, aunque la buena señalización te avisa para ir con cuidado. Recuerdo como divertidas la bajada a Guadalupe y el descenso al desfiladero del Ruecas, y como complicadas la del Melonar de los Frailes y la del paso canadiense, donde di con mis huesos en el suelo, me levanté y seguí: «quiero ser titán», y mi destino era Logrosán. No entramos en Guadalupe (preciosa localidad cacereña, Patrimonio de la Humanidad) y, bordeando un pantano, llegamos a Cañamero, último pueblo de la ruta, donde aún había un rampón corto pero intensísimo. Lo más difícil estaba hecho: solo quedaban toboganes rompepiernas para conseguir el ansiado título de «titán».

Llegas a meta tras rodar por la vía verde y salir al asfalto para un último kilómetro lleno de emoción, dando gracias por haber podido culminar otra jornada épica de MTB puro.

Como reflexión, os dejo la frase que me empujó a esta aventura:

«Si emociona pensarlo, imagínate hacerlo».

Paulo Coelho.

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Los 10.000 del Soplao y Titán Villuercas: foto 13 de 14
Los 10.000 del Soplao y Titán Villuercas: foto 14 de 14

Crónica publicada originalmente el 23 de mayo de 2017 en el blog Campurrianos Team (Mtb).

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